Abril, Grecia, deportaciones, lucha, denuncia

Esta es la Europa del post-acuerdo aprobado el 18 de marzo. O una síntesis de ella. El resultado de una medida tomada en función de unos intereses, un resultado pintado de tensión, reivindicación, desesperación. De autoridades con máscaras. De una Unión que no funciona.

Grecia desbordada

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Idomeni es igual a agua y barro / Diari de la Sanitat

Idomeni, quizás ahora el campo de refugiados de Grecia más conocido, es la máxima representación de la situación. Situado al norte del país, tocando la frontera con el estado macedonio, era un campo con una capacidad inicial no mayor a 1.500/2.000 personas. Sin embargo, a finales de febrero, las alarmas empezaban a saltar. Sobrecapacidad, sobrepoblación. Y con ello, se referían a más de 6.000 personas, datos de Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR). Más del doble de lo que podía soportar. A finales de febrero y a principios de marzo los números se incrementaban: 10.000, 11.000, 12.000, 15.000. La cifra disminuyó al final del mes – 11.318 personas de acuerdo con un informe de ACNUR. Aunque cada vez hay menos personas (pues el propósito del Gobierno griego era desalojar en abril el campo, trasladando a los refugiados a campos oficiales), todavía en abril se trataba de una cantidad insostenible en un lugar en el que faltan los recursos y en el que las organizaciones de voluntarios constituyen un papel esencial (de hecho, el campo está gestionado básicamente por ellos, no por autoridades oficiales).

“En el campo fronterizo de Idomeni las condiciones higiénicas son una de las grandes preocupaciones de las ONG que operan allí”, explicaba El País. Y es que, por ejemplo, no hay duchas (según ACNUR, pues un voluntario apunta que hay 5). Ni grifos. 128 lavabos, que siguen siendo pocos comparado con la cantidad de personas. Y no sólo eso: mucha lluvia, barro. Alojados en tiendas de campaña. Es decir, a la intemperie. Muchos niños. Suponen el 38% del total de las personas que llegan a Grecia, el 40% en Idomeni.

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En Idomeni el 40% de los refugiados son niños / Jon Gonzalo Torróntegui

Sin embargo, no sólo es Idomeni. Los campos en general estaban – y muchos todavía están – por encima de su capacidad. De hecho, a mediados de marzo, el estado griego anunciaba que habilitaría hasta 15 zonas más para descongestionar algunos de los campos. Por aquel entonces, en el puerto ateniense de El Pireo, gestionado por voluntarios y con tan sólo 12 duchas, se concentraban más de 3.500 personas. Hasta hace unos días, la cifra ascendía a 5.000 (40%, también niños). Sin embargo, todos los asentados en el puerto están siendo desalojados (no sin la oposición por parte de muchos): la temporada turística para Grecia se avecina y las autoridades quieren la zona despejada.

En el campo de Elliniko II – en la región de Ática – hay más de 1500 personas y 8 duchas sin agua caliente. En el de Larisa-Koutsochero (situado en Tesalia, Grecia central), el 55% son niños, los cuales no tienen espacios seguros. No hay tampoco agua caliente. En la Macedonia central – región griega – el campo de Cherso, de una capacidad de 2.500 personas, llega a las 3.900 y sólo tiene 5 duchas. Y, de nuevo, el 40% son niños. Y los ejemplos no se acaban.

En total, el 30 de marzo se contabilizaban 25 campos de refugiados – sin contar las islas griegas – gestionados por colectivos de diversa índole: voluntarios, autoridades municipales, militares (pues hay campos que están militarizados, como el de Kavala, motivo por el cual muchos refugiados se niegan a abandonar campos como el de Idomeni), instituciones gubernamentales… En los informes de ACNUR faltan datos de muchos de ellos. Pero la mayoría comparten las mismas características: pocas duchas, la mayoría sin agua caliente, pocos grifos y pocos baños (en casi ningún sitio separados por sexo, como ocurre con las duchas). Algunos directamente no disponen de alguno de los ítems anteriores. Algunos no cumplen con las condiciones de higiene apropiadas. O no tienen zonas seguras para niños. O la distribución de comida es deficiente.

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Emplazamientos que acogen refugiados. Capacidad y ocupación real. Datos del 27 de abril publicados por ACNUR.

En febrero, el número de personas refugiadas y migrantes estancadas en Grecia había comenzado aumentar. Sobre todo a partir de la negación, por parte de la República de Macedonia (Antigua República Yugoslava de Macedonia), a la entrada de los refugiados afganos y de las restricciones posteriores por parte de los países que configuran la Ruta de los Balcanes. En aquel momento – finales de febrero – se contabilizaban en Grecia unas 22.000 personas atrapadas.

Si tenemos en cuenta el número de llegadas a Grecia en febrero de 2015 y la misma cifra en 2016, esta segunda representa un 94,97% del total. En marzo, un 70,81%. En abril, un 23,67%. Los números han disminuido. No obstante, son las medidas restrictivas del resto de los estados europeos, es este mes de marzo del pre-acuerdo y del acuerdo, los que han condenado a Grecia. Son más de 50.000 personas las que han quedado estancadas en el estado griego. Personas que consiguieron llegar antes de que todo el proceso UE-Turquía se pusiera en marcha – a partir del 20 de marzo el acuerdo entraba en vigor – pero demasiado tarde para tener vía de acceso al resto de continente europeo.

Campos de detención y primeras deportaciones

Aunque el acuerdo entró en vigor el 20 de marzo, no comenzaron las deportaciones hasta el lunes 4 de abril. Los días antes de su inicio, las autoridades griegas empezaron a trasladar a refugiados de las islas a campos militares, a la espera de ser deportados o no a Turquía. El 2 de abril, el fotoperiodista David Zorrakino (apellido usado en Twitter) y la periodista Sara Montesinos, ambos voluntarios de la ONG Lighthouse Relief y actualmente en la zona de Idomeni, presenciaron en Lesbos dicha situación y registraron imágenes que mostraban cómo entre 200 y 230 personas eran trasladadas en ferri, maniatadas por parejas con bridas y custodiadas por la policía. Los llevaban a un campo militar en Kavala (Grecia continental). Montesinos afirmaba para el diario la Directa que, una vez allí, no podrían salir libremente.

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Fotografía viral en Twitter de principios de abril. Los policías de Frontex escoltando a las parejas de detenidos. Algunos llevan máscaras.

Los campos de las islas griegas, que hasta el momento habían sido un lugar de paso, se convirtieron en campos de detención. Todo aquél que llegara tendría que quedarse en estos hasta que se hicieran los trámites necesarios o sería trasladado a un campo militar en el continente.

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Campo de detención de Moria. También hay niños / Ekbal Naseri, refugiado-detenido de Afganistán

En Lesbos, el campo de Pipka, inicialmente para colectivos vulnerables, se cerrará temporalmente por “reformas”, informa una voluntaria. El campo de la organización No Border Kitchen, un campo extraoficial que acogía sobre todo a personas de nacionalidad marroquí y algeriana, ha sido desmantelado. “Moria está sobrepoblada”, afirmaba a principios de abril la misma voluntaria. En cuanto al campo abierto de Kara Tepe, actualmente está en funcionamiento. Se mantuvo cerrado unos días, días en los que la situación en Moria era extrema, pues prácticamente todo aquél que pisara la costa era enviado allí y al ser un recinto cerrado su capacidad es mucho más limitada. Han llegado a haber 3.000 personas detenidas en su interior. Reabrieron Kara Tepe para la visita del Papa Francisco transcurrida el 16 de abril. Para el acontecimiento, vaciaron un poco Moria – llevando a parte de los “presos” a Kara Tepe – y se encargaron de que el aspecto del campo no fuera tan lamentable (borraron pintadas, etc.). Durante la visita, la policía evitó que voluntarios se acercaran a denunciar la situación de los campos ante el Papa, así como que exhibieran pancartas con mensajes en la misma línea. Volvió al Vaticano con 12 refugiados.

 

 

 

“Las personas con las que hablamos nos dijeron que sí que hay comida, pero es tan triste que muchos no están comiendo”, explicaba sobre Moria otro voluntario días más tarde. Ambos voluntarios citados pertenecen a Lighthouse, que actualmente también opera en la Grecia continental. Las condiciones de estos campos reconvertidos en espacios de detención no sólo han sido denunciadas por personas que llevan a cabo allí labores de ayuda humanitaria, sino que también por los propios retenidos (en el caso de Moria, cuando todavía funcionaba como un campo de registro, no de detención, las críticas también estaban presentes sobre todo por la mala gestión de la situación y de los recursos en momentos de saturación de personas). “La ONU y varias ONG han criticado duramente las condiciones en las que están retenidos todos los migrantes que han ido llegando desde el 20 de marzo, incluidos los considerados vulnerables como los menores no acompañados, las embarazadas, los supervivientes de torturas, ancianos y enfermos”, citaba El País. La voluntaria nombrada explicaba este 28 de abril que algunos de los detenidos, desde que llegaron, aún no se han podido cambiar de ropa.

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Campo de detención de Moria (Lesbos) / AFP

En cuanto a las deportaciones, si bien se iniciaron el 4 de abril, un día después tuvieron que detenerse, habiéndose devuelto a Turquía, eso sí, 202 personas. La medida fue tomada por el Gobierno griego debido a la avalancha de peticiones de asilo por parte de los refugiados y, por lo tanto, también ante la necesidad de redefinir los listados de inmigrantes a deportar. A la situación cabía añadirle la falta de personal suficiente de la Oficina Europea de Asistencia al Asilo (EASO), encargada de procesar dichas demandas. Lo reconocía el director de ACNUR en Europa Vincent Cochetel en The Guardian.

En Lesbos, acorde con la prensa local, de los 3.150 refugiados que había en ese momento, 2.800 se habían registrado (habían solicitado asilo). En Quíos – otra isla griega más al sur – se pasó de 0 peticiones a 540 en un día. Sin embargo, el día 8 de abril las autoridades retomaban las deportaciones y lo hacían llevando a Turquía a 124 personas, la mayoría de Pakistán. A pesar de ello, las llegadas no han cesado.

La relativa rapidez con la que se han llevado acabo las primeras devoluciones – en dos días, 326 personas – contrasta con la lentitud con la que se están llevando acabo las reubicaciones, tanto desde Italia como desde Grecia. El 6 de abril se habían reubicado 1.111 personas de las 160.000 acordadas – aunque sólo el año pasado llegaron más de un millón – por los estados de la Unión Europea el 23 de septiembre. Este 27 de abril la cifra había ascendido a 1.429. Aún así, sigue siendo una cifra ridícula. Aún así, España todavía cuenta con tan sólo 18 refugiados reubicados. Aunque ante el toque de atención recibido por Bruselas el 20 de abril, se comprometió a acoger a 87 personas más. De las 16.000 que debería. El objetivo que ha anunciado la Comisión Europea para el 20 de mayo es de 20.000 personas recolocadas sumando Italia y Grecia.

Denuncias, reivindicaciones y lucha

En el terreno

Cuando se trata de refugiados en Europa, Twitter arde. Son los voluntarios y las organizaciones humanitarias los que dan voz a aquellas personas atrapadas en Grecia, tanto en las islas como en el continente. Pero sobre todo los primeros, personas que lo único que pretenden es ayudar de forma gratuita. Médicos, payasos, músicos, otros dispuestos a hacer lo que haga falta. También hay voluntarios-periodistas, con una doble función. Y periodistas que ejercen únicamente de ello y que, en muchos casos, llevan allí meses ayudando también a su manera. Todas estas personas, todos estos colectivos, son los que informan a diario, los que muestran cómo viven, o malviven, estas personas a la espera de ser deportadas o, si algún día llega, reubicadas. Denuncian situaciones de abuso por parte de las autoridades. De violencia y de injusticia.

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17 de abril. Clases de árabe, inglés y matemáticas en Eko Station (Idomeni) / Sara Montesinos

Escriben pancartas, recolectan dinero, distribuyen comida y otros recursos. Se manifiestan en el terreno. Se tiran al agua si es necesario. Intentan hablar con el Papa cuando pisa la isla de Lesbos. Posibilitan que los niños sigan siendo niños. Que jueguen, pero que también vayan a la escuela. Que aprendan cosas nuevas además de la frase en inglés “Open the borders”.

En el norte, donde Idomeni huele a desesperación, son el elemento de apoyo. Les instan a no perder la esperanza. O, al menos, a no descomponerse. En algunos momentos, se unen a su causa. Como cuando se produjo el 14 de marzo la “marcha de Idomeni”, en la que cientos de refugiados, acompañados de voluntarios y periodistas, salieron del campamento y se dirigieron a la República de Macedonia por una vía alternativa. Y entraron. Aunque después los devolvieron a Grecia. Varios periodistas y voluntarios fueron retenidos. El 10 de abril se producía también en Idomeni, frente a la frontera, una protesta que exigía que se abrieran las puertas al resto de Europa. Una protesta que terminó siendo una batalla campal. Gases lacrimógenos que acabaron llegando a las tiendas de aquellos que no participaban (también se vieron afectados mujeres y niños). Pelotas de goma. Un cañón de agua. Y los voluntarios y organizaciones como Médicos Sin Fronteras se mantuvieron allí. El 14 de abril arrestaban algunos de ellos – voluntarios – por “desestabilización de la democracia griega y desacato de la autoridad”. Sí, el Gobierno les insta a marchar. Pero muchos no quieren. Porque temen tener menos libertad si dejan Idomeni. Porque son los únicos que siguen presionando en la frontera.

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Idomeni, frontera con la República de Macedonia. Refugiados afectados por los gases lacrimógenos. / Bulent Kilic (AFP)

 

 

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Pero también luchan cuando están solos. En Moria hay 3.000 personas detenidas de las cuales 150 son menores no acompañados (datos que daba La Vanguardia el 27 de abril). El 26 de de abril se produjo un motín en el interior del campo que dejó varios heridos. Los agentes locales informaban a la Agencia EFE. Según estos, todo comenzó cuando unos chicos intentaron escapar del módulo de menores no acompañados. Los altercados duraron varias horas y los antidisturbios utilizaron gases lacrimógenos. Los detenidos respondieron con fuego. Dicha revuelta se produjo durante la visita – añadía La Vanguardia – del Ministro griego de Inmigración Yannis Mouzalas y su homólogo holandés Klaas Dijkhof. El periodista Arbide Aza afirmaba que Mouzalas justificaba la acción policial. Eso sí, habría una investigación para detectar posibles excesos. El periodista Andrew Connelly, no obstante, publicaba un mensaje de un refugiado sirio desde el interior de Moria: según él, todo había comenzado cuando un policía había golpeado un menor.

La información en las islas cada vez está más restringida. El periodista apenas puede trabajar. El voluntario tampoco. Pero, al menos, todavía pueden poner en duda las versiones oficiales.

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Campo de detención de Moria (Lesbos). Altercados del pasado 26 de abril / Ai Weiwei

Más allá de Grecia

27F: Manifestación por un paso seguro para los refugiados / Anna Martín
27F: Manifestación por un paso seguro para los refugiados / Anna Martín

Ciudadanos europeos denuncian y reivindican. Salen a la calle. Han salido más de una vez. El 27 de febrero, se concentraban en más de 100 ciudades europeas – 39 españolas – y pedían un pasaje seguro, un safe passage. Que acabaran las muertes en el mar Egeo, que existieran vías seguras. Sin embargo, en menos de dos semanas se producía el pre-acuerdo. Y después el acuerdo. Y el 19 de marzo, un día después de la medida acordada por la Unión y Turquía, en Barcelona de nuevo volvían a salir a la calle (en una manifestación con un sentido más amplio). Con pancartas que se repetían de la manifestación anterior, pero también con otras denunciando el papel de la Unión Europea. Ya se hablaba de “vergÜEnza”. Desde entonces han seguido habiendo concentraciones, caceroladas, etc. Ayuntamientos que han colgado en su balconada el lema Welcome Refugees.

Otros colectivos y organizaciones también denuncian. La Abogacía Española se pronunciaba en contra del pre-acuerdo. Amnistía Internacional, la asociación internacional independiente que trabaja para defender los derechos humanos en todo el mundo, hacía públicas el 1 de abril informaciones que descartaban a Turquía como un país seguro. Según la organización, el Estado turco ha estado obligando a miles de personas refugiadas sirias a volver a su país en los últimos meses. Hombres, mujeres y niños. “En su desesperación para sellar las fronteras, los líderes de la UE han ignorado a propósito el más simple de los hechos, que Turquía no es un país seguro para los refugiados sirios”, decía el director para Europa y Asia Central de la organización, John Dalhuisen, a través de El País. Los diarios también se pronuncian, también denuncian y optan por la parcialidad en esta situación. El 6 de abril The New York Times publicaba una editorial clara y posicionada al respecto: “La Unión Europea debería suspender las deportaciones de Grecia a Turquía hasta que el trato a los refugiados en ambos países respecte los estándares legales y humanitarios internacionales y de la Unión Europea”.

Así pues, ciudadanos gritan, refugiados siguen en su lucha, voluntarios y periodistas en el terreno también. Los medios de comunicación abandonan la imparcialidad. Las organizaciones humanitarias y vinculadas a los derechos humanos muestran su desacuerdo. Grecia está desbordada. Faltan recursos. Falta información. Hay áreas a las que es difícil acceder y no se puede saber qué sucede exactamente en su interior. Turquía pertenece al Consejo de Europa y debe respetar el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Y todo apunta a que no lo hace. Y Europa lo sabe. Pero decide ignorarlo.

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